Sunday, November 28, 2004

Ficción

La mujer estaba convencidísima: era él quien la había galanteado, él procuraba su compañía, él estaba profundamente enamorado de ella y sólo sería feliz a su lado. Pero como no podía expresar en público lo que sentía, el seductor le enviaba mensajes que nadie, salvo ella, podía entender. Y si se mostraba frío o incluso displicente, era por su cobardía para aceptar la verdad.

Él, claro, no llegó a enterarse nunca. Era el rey Jorge V de Inglaterra y ella, una humilde francesa cuyo caso es el primero que ilustró lo que el psiquiatra Gaëtan de Clérambault llamó en 1927 «psichose passionelle» y que se conoce también como erotomanía. El enfermo tiene la creencia paranoide de que alguien generalmente de más alta posición social se ha enamorado de él o de ella. El asunto no suele pasar a mayores, pero a veces puede terminar en molestos entrometimientos y hasta en violencia.

En Holanda acaban de condenar a nueve meses de cárcel al acosador de una de las Spice Girls. El tipo dijo que se conmocionó cuando le dijeron que su amor no era correspondido («¿cómo, no me quiere?») y comenzó a perseguir a la cantante.

La erotomanía le sirvió al inglés Ian MacEwan para componer su novela Amor perdurable, una estupenda reflexión acerca de nuestras percepciones siempre deformadas por los propios deseos y convicciones. Tanto, que hacia el final de la obra el protagonista se dice: «Creer es ver». Y para que el lector lo pruebe en carne propia, MacEwan incluye un anexo con un paper «recogido de la British Review of Psychiatry» en el que se describe un caso casi idéntico al relatado. Algunos cayeron redondos y entendieron que ese texto era la pura y santa. Pero la historia, que no la enfermedad, era tan ficticia como creerse objeto de una pasión que no existe.

Sunday, November 07, 2004

Dícese

A Oliveira, el personaje cortazariano de Rayuela, el diccionario le parece un auténtico cementerio. Un día descubre que no está joder. En cambio, «en el jonuco estaban jonjobando dos jobs …», compone con las palabras que aparecen cerca de donde debería estar el verbo censurado. Y concluye: «Es realmente la necrópolis. No entiendo cómo a esta porquería le dura la encuadernación». Pero insiste en solazarse en sus páginas sepulcrales una y otra vez.

El pasatiempo de Oliveira –si no fascinante, al menos inofensivo– puede invitar al ejercicio espiritual o incluso a un carcajeíto. Tomemos, por ejemplo, y a riesgo de parecer siúticos, amor. La Real Academia Española titubea su resto. En la vigésima edición de 1984 define: «Afecto por el cual busca el ánimo el bien verdadero o imaginado, y apetece gozarlo». O sea, centra el asunto en uno, que le llaman. Ocho años después, en cambio, exhibe un aparente altruismo: «Sentimiento que mueve a que la realidad amada […] alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido». Pura proyección, diría un freudiano. La cosa como que viene a equilibrarse en el significado que ahora da la RAE online: «Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». Más justo, tal vez.

No debe ser fácil lidiar con las definiciones de todo lo que tiene nombre. Pero a veces los intentos quedan muy divertidos. Saboréese, por ejemplo, la acepción de jilguero, que parte con un censo algo excluyente: «Pájaro muy común en España…». Lo mejor viene al final, una clase de ornitología casera, con consejo genético incluido: «Se domestica fácilmente, canta bien, y puede cruzarse con el canario».

¿Cementerio, che? ¡Qué va, tío: una auténtica gozada!
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