La infinitud de lo privado
Emerson String Quartet | martes 30 de junio | Teatro Oriente, Santiago
Si hubo un Shostakovich oficial, obediente del realismo socialista, que incluso llegó a disculparse por su música ante las autoridades, ése fue el de la orquesta, el del gran público. Los conjuntos numerosos le sirvieron en ocasiones para hacer el arte del Estado, pero en su música de cámara plasmó como nunca el estado de su arte privado: dolorosamente honesto, arriesgado, vanguardista. Tal vez donde su búsqueda llegó más lejos sea en el Cuarteto Nº13, el plato fuerte –nunca mejor dicho– del extraordinario concierto que ofreció el Emerson Quartet el martes pasado. Desde el solo de viola, magníficamente fraseado por Larry Dutton, y el tristísimo llanto con que entra el resto de las cuerdas, el conjunto estadounidense, tocando de pie, creó una atmósfera de notable suspensión, incluso contra la acústica todavía pobre del Teatro Oriente. La obra, redactada en un solo movimiento, tiene en su parte central un drama desatado de acordes durísimos, y originalidades rítmicas que los ejecutantes marcan golpeando el cuerpo de sus instrumentos con la madera de sus arcos; luego la música vuelve a la serie inicial y sus temas derivados hasta extinguirse hacia el infinito en el mismo si bemol del inicio. La entrega del Emerson tuvo toda la determinación y profundidad que requiere esta partitura, una suerte de eslabón perdido en la evolución de la música rusa: aquí ya resuena lo que vendrá con Gubaidulina, Denisov, Kancheli, pero sobre todo con Schnittke.
El programa había comenzado con el cuarteto Op. 74 Nº 2 de Haydn, tan personal como ingenioso, y culminó con la fiesta nostálgica del Cuarteto Americano de Dvořák, escrito por el músico checo en Iowa.
El Emerson hizo honor a su nombre, tomado no de un músico sino del filósofo Ralph Emerson, campeón del individualismo, que resumió su doctrina central como “la infinitud del hombre privado”.
