Thursday, July 02, 2009

La infinitud de lo privado

Emerson String Quartet | martes 30 de junio | Teatro Oriente, Santiago

Si hubo un Shostakovich oficial, obediente del realismo socialista, que incluso llegó a disculparse por su música ante las autoridades, ése fue el de la orquesta, el del gran público. Los conjuntos numerosos le sirvieron en ocasiones para hacer el arte del Estado, pero en su música de cámara plasmó como nunca el estado de su arte privado: dolorosamente honesto, arriesgado, vanguardista. Tal vez donde su búsqueda llegó más lejos sea en el Cuarteto Nº13, el plato fuerte –nunca mejor dicho– del extraordinario concierto que ofreció el Emerson Quartet el martes pasado. Desde el solo de viola, magníficamente fraseado por Larry Dutton, y el tristísimo llanto con que entra el resto de las cuerdas, el conjunto estadounidense, tocando de pie, creó una atmósfera de notable suspensión, incluso contra la acústica todavía pobre del Teatro Oriente. La obra, redactada en un solo movimiento, tiene en su parte central un drama desatado de acordes durísimos, y originalidades rítmicas que los ejecutantes marcan golpeando el cuerpo de sus instrumentos con la madera de sus arcos; luego la música vuelve a la serie inicial y sus temas derivados hasta extinguirse hacia el infinito en el mismo si bemol del inicio. La entrega del Emerson tuvo toda la determinación y profundidad que requiere esta partitura, una suerte de eslabón perdido en la evolución de la música rusa: aquí ya resuena lo que vendrá con Gubaidulina, Denisov, Kancheli, pero sobre todo con Schnittke.

El programa había comenzado con el cuarteto Op. 74 Nº 2 de Haydn, tan personal como ingenioso, y culminó con la fiesta nostálgica del Cuarteto Americano de Dvořák, escrito por el músico checo en Iowa.

El Emerson hizo honor a su nombre, tomado no de un músico sino del filósofo Ralph Emerson, campeón del individualismo, que resumió su doctrina central como “la infinitud del hombre privado”.

Sunday, December 14, 2008

Shileno

En la recién inaugurada CNN Chile pronuncian el nombre de la Presidenta como Mishel Bashelé. El asunto podría chocar en un país que se muere de vergüenza de que se escape una sh entre los dientes. Mal que mal, Don Francisco se rio por décadas de los concursantes que decían que eran de Shuqui o Shiguayante. La televisión extendió la burla y ahora ni en los bingos de pueblo se puede escuchar esa delicia de autenticidad que era: «Osho, solito el osho».

El lingüista William Labov llamó a este fenómeno presiones desde arriba: los sujetos adoptan el cambio de pronunciación de manera consciente, porque lo consideran socialmente deseable. Al intentarlo, eso sí, muchas veces se pasan de largo. En uno de sus ingeniosos experimentos, Labov midió la presencia de «la r de Nueva York», un sonido que no existía en el habla de esa ciudad hasta que lo trajeron los soldados de la II Guerra y adquirió cada vez más prestigio. Los gráficos del estudio muestran el comportamiento de las clases alta, media y baja mientras hablan informal y formalmente; mientras leen en voz alta un pasaje o listas de palabras. En el grupo más adinerado, la r aparece en la conversación despreocupada y su presencia sube ligeramente mientras más cuidado se pone al hablar; en la clase media el asunto es parecido, aunque con valores menores. En el estrato bajo, sin embargo, la r casi no se escucha coloquialmente; pero en los discursos formales supera en 20 y 30 puntos a los otros grupos.

La pronunciada curva, nunca mejor dicho, es un verdadero dibujo de la inseguridad que pretende corrección. La misma que erradicó la sh del repertorio fonético chileno; por eso aquí se dice tchow, tchock y Bachelet. Porque, ¿decir Bashelé? Así lo prefiere La Moneda. Sí, pero ¿y si después te creen shileno?

Sunday, November 16, 2008

Pulp Non-fiction

En Circus Americanus, Ralph Rugoff calcula que un ciudadano estadounidense medio ha visto, cumplidos los 18 años, unos trece mil asesinatos dramatizados o ficticios, en cine o en televisión; supongo que para los chilenos globalizados la enormidad de esa cifra será más o menos parecida. Tal como los gringos, en las películas y teleseries hemos aprendido, además de las más raras o atroces formas de morir, que las computadoras hacen pip pip pip cuando el héroe o heroína busca información, asunto que en la vida no ocurre ni por casualidad; que, cuando llueve, el agua corre por las ventanas como si en Hollywood no hubieran inventado todavía las casas con aleros; y que los villanos suelen maquinar sus arteros planes en solitario y en voz alta, sobajeo de manos y risotada macabra incluidos: «¡Los destruiré y todo esto será mío, mío, ja, ja, ja!». Después llaman a sus cómplices, casi siempre pusilánimes amateur, y arman el tinglado.

Todo esto lo aceptamos por el cómodo suspended disbelief, que es la frase que acuñó Samuel Coleridge en 1817 para describir ese pacto de credulidad –irónico o no– que hacemos ante la ficción. El artificio permite que nos vayamos a nuestras casas o nos quedemos dormidos en la tranquilidad de que la inspiración de los guionistas bebe de fuentes que tal vez existan, pero lejos.

Hasta que nos encontramos con María del Pilar Pérez, vecina de Providencia; hasta que nos enteramos de que en Chile también hay sicarios; hasta que logramos imaginar con detalle –Hollywood nos ha enseñado cómo hacerlo– a una mujer sola, asomada en su balcón mientras asiste al forcejeo, escucha los gritos, los disparos, ve cómo se desangra Diego Schmidt-Hebbel y sabe –sabemos– que es la autora de ese número de un macabro Circus Chilensis.

Sunday, October 26, 2008

Apariencias

Que las apariencias engañan es una de esas afirmaciones que se aceptan por pura convención, pero en las que nadie cree. De hecho, no se nos ocurriría dejar de confiar en la primera impresión, porque hemos aprendido que el que tiene cara de pesado, la mayoría de las veces, es pesado; que hay miradas honestas, tímidas o mentirosas, y que un ademán o unas pocas palabras pueden revelar toda una verdad. Es cuando nos topamos con el error estadístico del pronóstico que nos acordamos de la frasecita del engaño y la elevamos a norma.

Escribo esto mientras las calles están plagadas de fotos gigantes y unánimes de señoras y señores candidatos municipales: sonrisas congeladas, arrugas retocadas y fondos colorinches en degradé, a cuyos diseñadores dan ganas de pedir que no ayuden tanto, compadres. Aparte de las caras, los únicos mensajes textuales –cuando las tipografías dejan leerlos– son el nombre, y la sigla con la lista y número, y, raramente, alguna frase perezosa.

No se trata de poner el programa completo (en el caso optimista de que tal cosa exista), pero ¿sólo la cara y el nombre? ¿Ni una idea que le haga cosquillas a la neurona, ni un eslogancito que recordar, ni un juego de palabras ingenioso, más que no sea? Vaya creatividad para personas a las que habrían de ocurrírsele un par de asuntos de vez en cuando y que deberían saber cómo comunicarlos. En estas elecciones el IPSA de la inspiración está tan deprimido, que, de acuerdo con la cobertura de los medios, un especulador quilpueíno de la música de Queen se convirtió en el colmo de la originalidad.

Y como no hay más, en la calle nos quedamos con las caras: de buena gente, de insinceros o de pillos. Sus primeras palabras –o más bien la ausencia de ellas– tampoco engañan a nadie.

Sunday, October 05, 2008

Expresar, exhibirse

Ocurre a la salida de un teatro, en un café o en plena calle: se te acerca una persona y te pone en las manos unas cuartillas. «Son mis poemas», te dice bajito, con ojos humildes. Ni siquiera se molestará si no hay monedas compasivas de retribución: le basta con que, en una de ésas, leas su poesía.

A la parcela de Limache de un amigo, que es un clásico rock star nacional, llega el veinteañero Omar a mostrar los temas de su banda heavy metal, en los que grita –literalmente– la rabia, las ganas, la esperanza. El limachino pone su CD, lleva con golpes leves de su zapatilla el ritmo brutal de la percusión y la guitarra distorsionada, escruta las caras de los presentes, atiende concentrado a los consejos del sabio roquero y se va piola, conforme con que lo hayan escuchado un rato.

Nunca como en este tiempo la necesidad de expresión ha estado tan bien servida. La tecnología a la mano permite que el poeta callejero imprima él mismo sus cuartillas y que las publique en un blog; y que Omar, el metalero, mezcle sus canciones, diseñe la carátula de sus discos y muestre la música de Demencia extrema –así se llama su grupo– en una página web.

Mientras, el farandulero Álvaro Ballero, famoso recursivo, ilustra sobre cómo se derritió en el contacto con una patinadora rusa que ya tenía pololo y la obvia trifulca. Nunca hubo tantos medios tan dispuestos a reproducir este tipo de confesiones ignorantes de cualquier escrúpulo, a cambio de unas cuantas monedas de retribución. El regalón del reality, como muchos, cree que se expresa; pero en realidad, apenas se expone. Cuando no hay mucho que decir, no queda más que decirse.

Ésa es la diferencia: el artista no se exhibe. Para eso tiene su obra.

Monday, September 08, 2008

Toc, toc

Si usted, como yo, es mayor de 40, habrá escuchado muchas veces su música preferida, una canción, un concierto, una ópera, en un radiocasete; éste, por si acaso, era un prodigio tecnológico que, además de oír radio, permitía registrar lo que se escuchaba. ¿Para qué? Para repetirlo infinidad de veces, por supuesto. Para aprendérselo.

Se apretaba Eject y el aparato desnudaba ahí mismo su alcurnia: si la puerta saltaba como un resorte, rasca; onda marca Electra; si, en cambio, las fauces se abrían suaves, hidráulicas, bueno, ése era un Sony o Aiwa, por lo menos. Se introducía un casete –Maxell, por ejemplo, naranja y amarillo–, se presionaba Play, la tecla bajaba y se fijaba, y uno se disponía a disfrutar del sonido mono o estereofónico –según la suerte de la familia– pero de todas formas lleno de hiss, onomatopeya gringa que sirve para describir ese ruidito característico de las cintas –tsssssss– que, si usted es mayor de 40, conoce tan bien como yo. 

La música la escuchaba uno, la familia y hasta los vecinos: los radioscasetes sonaban mal, pero fuerte. Al fin, uno iba al botón Stop; luego Rewind hasta el comienzo y vuelta a escucharla. Habíamos sacado la letra –no entendíamos todo, pero nos carrileábamos– y cantábamos poseídos. La familia, los vecinos, los perros protestaban. Uno, ufano: déle de nuevo: Stop. Rewind. Play; o, con Play todavía apretado, Rewind: wiri wiri wiri, hasta encontrar ese pasaje que nos interesaba repasar.

Torturé a mi familia con los wiri wiri de la Sonata para violín y piano de Shostakovich. Pobre gente. Yo andaba loco por esa obra, qué le vamos a hacer; intentaba retener en mi cabeza la serie dodecafónica inicial, tan bonita, y déle una y otra vez. Mi hermana chica me decía: «¡Parece una mosca!». Qué fuerte que esta música tan increíblemente humana y sincera haya servido en la práctica como instrumento de tortura. A Pedro Gandolfo también lo martiricé con ella en el auto de vuelta de la playa: wiri wiri wiri: «Escucha aquí en esta parte»; wiri, wiri: «Escúchala de nuevo». El tipo es un genio y un pozo de sabiduría; esa vez, eso sí, primó su buena educación: llegó a Santiago con sonrisa diplomática, pero descompuesto.

Si usted es, como yo, mayor de 40, ya habrá escuchado del T.O.C. (Trastorno obsesivo compulsivo). Se trata de uno de los acosos mentales más comunes. Y hay que respetarlo: mal que mal, nos ha permitido sobrevivir lo más bien. ¿Obsesivo con que la pega le quede bien? Obvio, pues. ¿Quién no? ¿Pegado con una serie de TV, con una novela o con el Concierto para piano de Schönberg (como le ocurre a servidor, hace no menos de 18 meses, confieso con embarazo que es honesto, no siútico: qué manera de pegarme) u otra distracción similar? ¿Nos pegamos, digamos? Claro. Nadie ha dicho que sea malo atender al llamado obsesivo –toc, toc– a una puerta que se abre suave, hidráulica.

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